Resultado electoral “sorpresa” presenta nuevos desafíos para la izquierda en Colombia
Las disputas de los próximos 20 días en las calles, los lugares de trabajo y las redes sociales en Colombia definirán no solo el nombre del nuevo presidente del país, entre un neofascista y un progresista, sino también, en gran medida, la correlación de fuerzas en América del Sur. Las elecciones presidenciales colombianas, con segunda vuelta el 21 de junio, son la antesala de las brasileñas, en noviembre, y tienen una importancia central para la construcción del “escudo” de Trump en el continente
Bogotá – Después de apoyar al candidato para suceder a Gustavo Petro, la mayor parte de los latinoamericanos de izquierda y democráticos probablemente no se sorprendió del todo por el ascenso meteórico, en las últimas semanas de campaña presidencial, de un candidato al estilo Milei en Colombia. El abogado libertario Abelardo de Espriella creció vertiginosamente y llegó a la segunda vuelta por delante de Iván Cepeda, profesor universitario de filosofía, sobrio y meticuloso, defensor de los Derechos Humanos, elegido por el Pacto Histórico de Petro para buscar un segundo mandato del progresismo colombiano.
Abelardo, apodado El Tigre, obtuvo el 43,72% de los votos frente al 40,92% de Cepeda (una diferencia equivalente a 600 mil votos). Paloma Valencia, aristócrata, nieta de un expresidente y seguidora de Uribe, obtuvo el 6,9%, frente al 15% que le atribuían las primeras encuestas; es decir, el Centro Democrático (CD) fue arrollado por el tanque de El Tigre.
Después de todo, ni Colombia ni ninguno de los otros 35 países de América Latina y el Caribe están inmunes a la ola internacional de extrema derecha neofascista. Aunque la historia del país demuestra la existencia de un espacio político real para la derecha, hasta ayer ocupado por el Centro Democrático del expresidente Álvaro Uribe (que de centro-derecha nunca tuvo nada), la hazaña de Abelardo se construyó sobre la base de un fuerte apoyo de las fracciones burguesas-oligárquicas (agroindustria, mercado financiero, gran comercio y plataformas digitales), que sustituyeron rápidamente a la candidata del CD, Paloma Valencia, por Espriella como nuevo favorito.
Ayudaron al “Marçal colombiano” el apoyo de Trump y de toda la ultraderecha que gobierna en la región; los torrentes de fake news —en gran medida originados en Estados Unidos y en el Estado español—; las mentiras descaradas sobre Petro y Cepeda y sus supuestos vínculos con la guerrilla y la criminalidad, en un país donde la regulación de las redes sociales es casi inexistente. Completa la tormenta perfecta de Abelardo la contratación de una empresa de marketing político que es la misma que trabajó para Pablo Marçal y la manipulación planificada de un sistema electoral colombiano que es, como mínimo, frágil.
Para comprender la gravedad de la guerra de versiones y mentiras en Colombia, es necesario recordar que el país vivió seis décadas de guerra civil, con 450 mil muertos, 121 mil desaparecidos y 7,7 millones de desplazados internos, además de incontables atentados con bombas en ciudades, contra autoridades y civiles, secuestros y asesinatos de políticos. En 2016 se firmó un acuerdo entre el gobierno y las FARC para el desarme y la reinserción de los guerrilleros en la vida civil.
El gobierno de Petro y el Pacto Histórico defienden la política de la “Paz Total”, mediante la cual buscan dialogar con la guerrilla remanente, el ELN, e incluso con grupos armados criminales que estén dispuestos a deponer las armas. A esta política se oponen con convicción la derecha tradicional del CD, el agro y las clases medias urbanas. Espriella supo manipular a estos sectores, acusando a Petro y a Cepeda de ser guerrilleros sanguinarios y amigos de narcotraficantes.
Un sistema electoral semiprivado
El sistema electoral colombiano se sostiene sobre un trípode. No existe una Justicia Electoral, sino un Consejo Nacional Electoral compuesto por nueve miembros designados por el Parlamento, mediante un complejo sistema de cuotas que otorga la mayoría a quien posee la mayoría legislativa. El CNE está vinculado a la Registraduría, que funciona como una gran oficina de registro civil y electoral: solo vota quien está registrado.
La forma de contabilización de los votos constituye el tercer y más cuestionable vértice del sistema: el conteo de las cerca de 120 mil urnas se realiza manualmente, urna por urna, con presencia de fiscales de los partidos. Sin embargo, una vez que los resultados deben procesarse por distrito, departamento y a nivel nacional, el cálculo queda en manos de una empresa privada colombiana de seguridad, Thomas Greg & Sons, que no abre el código fuente de su sistema de conteo y, por lo tanto, no permite auditorías independientes.
No sorprende, por ello, que Gustavo Petro cuestionara los resultados el mismo 31 de mayo y anunciara que sostendría denuncias de irregularidades el 2 de junio. Según noticias sobre una supuesta cooptación, por parte de Espriella, de funcionarios de la empresa, de la Registraduría y también de miembros de la Policía y las Fuerzas Armadas, existirían, según publicaciones del presidente, 800 mil votos del candidato neofascista sin comprobación adecuada.
Cepeda y la coordinación de campaña decidieron, sin embargo, el 1 de junio, avalar el resultado para evitar la paralización del proceso, según explicaron dirigentes del Pacto. Esta doble postura política, que puede interpretarse como una discrepancia entre ambos liderazgos o como una división deliberada de tareas, mantiene en suspenso el panorama de la segunda vuelta.
Un progresismo joven, con base de lucha
A pesar de la sorpresa (ya que la campaña de Cepeda hablaba de ganar en primera vuelta), el Pacto Histórico y sus aliados de la Alianza por la Vida registraron el mejor resultado electoral de la izquierda en la historia de Colombia, con un porcentaje superior al obtenido por Gustavo Petro en 2022.
La fuerza de esta coalición de agrupaciones y figuras de izquierda, centroizquierda y movimientos sociales se explica por haber cobrado impulso y avanzado hacia la unidad bajo la presión de los levantamientos sociales de 2019 y 2021, cuando el país, en paralelo al estallido chileno, se rebeló contra las políticas fiscales de ajuste del gobierno de Iván Duque (CD), contra su gestión de los acuerdos de paz con las FARC y el ELN, contra los asesinatos de dirigentes sociales y contra la represión a los manifestantes. El movimiento resistió la pandemia y continuó después del confinamiento, fortaleciendo a figuras y organizaciones políticas identificadas con las protestas.

Gustavo Petro, dirigente de Colombia Humana, una de las fuerzas constitutivas del Pacto Histórico, ganó las elecciones presidenciales en esa ola y marcó su gobierno, como todo progresismo, por una acción estrictamente constitucional —es decir, dentro de los marcos del régimen democrático-burgués—, aunque con el rasgo diferencial de convocar a la movilización popular para impulsar medidas consideradas centrales. Este fue el caso del aumento del 23% del salario mínimo a finales de 2025.
A pesar de los avances sociales, Petro gobernó con minoría parlamentaria, que logró sortear en parte distribuyendo recursos importantes del presupuesto nacional mediante proyectos impulsados por Juntas Vecinales y sus federaciones regionales.
La campaña de Cepeda, por su parte, decidió apostar por esa tradición asociativa, por una campaña programática y propositiva (sin centrarse en atacar a los adversarios), por la movilización desde las bases y por la idea de una victoria en primera vuelta, una apuesta discutible.
Queda la impresión, compartida por observadores internacionales de partidos de izquierda de distintas corrientes, de que la campaña otorgó menos importancia de la necesaria a las redes sociales y a las enormes posibilidades de utilización agresiva y masiva de fake news y desinformación, gran parte de ella generada fuera del país en un contexto continental marcado por la Doctrina Donroe y el “escudo Trump”.
El Pacto Histórico se convierte en partido
En diciembre de 2024, el Pacto decidió registrarse como partido político y obtuvo su legalización a mediados de 2025, unificando las personerías jurídicas del Polo Democrático Alternativo, la Unión Patriótica-Partido Comunista y Colombia Humana. También forman parte del Pacto una corriente surgida dentro de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), la Unidad Democrática (ecosocialista), el Partido del Trabajo de Colombia (maoísta), Todos Somos Colombia (integrante de la Internacional Progresista), además de sectores feministas, ecologistas y del importante movimiento negro palenquero.
El progresismo colombiano es, por lo tanto, una fuerza nueva en el país, con apenas un mandato presidencial y en pleno proceso de consolidación de un partido político unificado capaz de dar estructura al proyecto. De esa “juventud”, con una experiencia incluso menor que la de Morena en México, provienen cierta reticencia al enfrentamiento directo —que Cepeda promete superar al desafiar a Espriella a un debate— y una confianza excesiva en las instituciones de la Constitución de 1993, visible en la ausencia de cuestionamientos previos al sistema electoral.
Panorama para la segunda vuelta
La alianza de Cepeda fue conformada por fuerzas más allá del Pacto Histórico: el movimiento indígena, representado por la candidata a vicepresidenta Aída Cilcuyé (del pueblo nasa); la Alianza Verde; En Marcha, partido surgido de disidentes liberales; Claudia López; sectores liberales independientes e incluso, según la prensa local, sectores conservadores del CD incómodos con Paloma Valencia. Todos comparten el compromiso con la pacificación del país tras décadas de conflicto armado.
La batalla por la victoria de la izquierda en la segunda vuelta no será sencilla, aunque los sectores más experimentados de la base y la dirección del Pacto saben que es posible que Cepeda llegue al primer lugar, siempre que:
- Se corrijan los problemas de fiscalización electoral y se refuercen el trabajo comunicacional y jurídico en redes sociales y plataformas.
- Como afirmó Cepeda la noche de la primera vuelta, se vuelva a movilizar a los jóvenes para reducir la abstención electoral.
- Se negocien nuevos apoyos clave.
Cepeda deberá conquistar votos de los electores tradicionales del centrista Sergio Fajardo, negociar oficialmente con el Partido Liberal e incluso desarrollar una política hacia sectores del propio Centro Democrático. No por casualidad, Juan Daniel Oviedo, compañero de fórmula de Paloma Valencia, ya declaró que no apoya ni votará por Espriella.
El partido está en juego. Falta todo el segundo y emocionante tiempo. En lugar de caer en caracterizaciones catastrofistas que den por derrotados de antemano a los trabajadores y al pueblo colombiano que constituyen la base del Pacto, la izquierda del continente y del mundo podría disponerse a ayudar de alguna manera, con presencia física o trabajo virtual, para garantizar que el resultado pueda revertirse. Los jóvenes de Bogotá ya han comenzado a salir a las calles.
[i] La legislación colombiana prohíbe la reelección.
[ii] Según una investigación de la campaña del Pacto Histórico.
[iii] Las cifras son de la Comisión de la Verdad y se refieren al conflicto armado iniciado en 1964 con la guerrilla de las FARC. Hubo al menos otras dos guerras civiles en la historia de Colombia: diecinueve conflictos entre liberales y conservadores entre 1812 y 1886; y la célebre La Violencia, inmortalizada en las páginas de Cien años de soledad, de García Márquez, entre 1948 y 1958.
[iv] Véanse todos los reportajes sobre la Colombia profunda de Tamis Perron en la Revista Rosa: www.revistarosa.com.